Ya era tarde para volver atrás, cerca, aunque no lo veía, oía a un compañero arrastrarse por la galería. Me paré solo un instante, el necesario para cubrirme la nariz con el pañuelo que nos habían dado. Había tanto polvo en el ambiente que me costaba respirar. En ese momento, me arrepentí de no haber pasado el primero… mis compañeros habían dejado tras de sí una nube de polvo que apenas dejaba ver lo que tenia delante de mis narices. Minas de Potosí: Viaje a las entrañas de Cerro Rico (Bolivia)

Si lo pienso con la perspectiva que da el tiempo, todavía no alcanzo a entender como pude acabar en ese agujero. Todo fue un cúmulo de malas decisiones que fui tomando a lo largo de 2 días.

Minas de Potosí: Viaje a las entrañas de Cerro Rico (Bolivia)

Foto 1: Posando antes de entrar en la mina. El tercero por la derecha era nuestro guía Miguel.

Minas de Potosí: Viaje a las entrañas de Cerro Rico (Bolivia)

Gran amante de la Historia, no podía dejar pasar la oportunidad durante nuestra visita a la Villa Imperial de Potosí, de conocer alguna de las minas que más plata aportó a la Corona Española durante cerca de 100 años. Así que tras una agradable comida en el restaurante “El Tenedor de Plata”, dimos una vuelta por los diferentes puestos que ofrecían Tours por el interior de Cerro Rico y que se encuentran ubicados en las cercanías de la Plaza Principal 10 de Noviembre.

Acabé decantándome por la única agencia que incluía dos minas consideradas de riesgo. En ese momento se encontraba despachando tras el mostrador Miguel, un antiguo minero retirado, si bien, como me confesó posteriormente, estaba pensando en volver a la mina ahogado por las deudas. En ese instante pensé que si era la única agencia que incluía en sus recorridos estas minas y si al menos, parte de su personal eran mineros retirados, seguramente sería la que mayor seguridad otorgaría. En cualquier caso yo había elegido una mina no considerada de riesgo. La cita ya estaba fijada, nos veríamos a las 7 de la mañana del día siguiente.

Las leyendas que han llegado hasta nuestros días nos dicen que fue un pastor quechua llamado Diego Huallpa quien descubrió la plata de Cerro Rico. La inmensa riqueza del cerro y la intensa explotación a la que lo sometieron los españoles, hicieron que la ciudad de Potosí se convirtiera en una megalópolis para la época, obteniendo el título de Villa imperial en 1561, creándose posteriormente una Casa de Moneda.

A día siguiente me presenté puntual en la agencia. Nada más llegar, la persona que iba a ser mi guía me explicó que era el único que iba a hacer ese recorrido, que si no prefería apuntarme a un grupo de 5 personas que iban a realizar una mina considerada de riesgo. Le dije que no, pero a los 5 minutos llegó Miguel, y empezamos a hablar. Me comentó que para esa mina él iba a ser nuestro guía, que íbamos a hacer alguna variante más emocionante y que mejor que ir con un minero a una mina.  A los 10 minutos estaba firmando un papel eximiendo de toda responsabilidad a la agencia.

El grupo lo formábamos Miguel, un chico que lo acompañaba y un crisol de viajeros de varias nacionalidades; 2 franceses, un inglés, un suizo y un boliviano. Yo era el único español. En total éramos 7 personas.

Tras una breve presentación nos montaron en una vieja furgoneta de color verde grisácea y empezamos a circular por las calles de Potosí subiendo y bajando cuestas, hasta parar frente a un almacén de enormes puertas de madera. Del local emanó un aire húmedo y sucio, lo cual no impidió que entráramos. Allí nos proporcionaron un mono, botas y un casco con linterna.

De vuelta a la furgoneta hicimos una última parada en una tienda donde vendían material para la mina ubicado en la calle Surco. Miguel nos comentó que había que comprar regalos para el Tío (el dios del inframundo) y los mineros que nos encontráramos por la mina. Prácticamente todo lo que compramos fue alcohol puro, hojas de coca, refrescos y tabaco. De repente, el suizo y el guía se retiraron a un rincón del local y hablaron con la dependienta, que desapareció por la trastienda y regresó con unos tubos envueltos en papel blanco y una larga mecha. Aunque no quise creerlo, la evidencia era clara, estaban comprando dinamita, lo cual me llamó la atención, pues sabía que era una práctica ilegal y peligrosa. Si bien tengo que decir, que no me sorprendió.

Una vez fuera de la tienda Miguel mencionó, como si estuviera hablando del tiempo, que uno de los integrantes del grupo quería tirar dinamita dentro de la mina, y que aunque era peligroso, el sabia perfectamente cómo hacerlo para que fuera seguro. Nadie dijo nada.

Minas de Potosí: Viaje a las entrañas de Cerro Rico (Bolivia)

Foto 2: Comprando las ofrendas en la Tienda. Los tubos con papel blanco son la dinamita que hicimos explosionar en la mina.

Diez minutos más tarde nos encontrábamos en la entrada de la mina haciendo una ofrenda a una virgen y sin darnos cuenta, ya estábamos dentro.

Los primeros cien metros fueron bastante cómodos, prácticamente erguidos. Al llegar a la cavidad donde se encontraba “el Tío”, hicimos una ofrenda y Miguel aprovechó para explicarnos que partir de ahí la cosa se complicaba.

El Tío es quien gobierna los bajos mundos, a los que llama «sótano» y ofrece a los mineros protección, pero también la destrucción si no le hacen ofrendas. Miguel nos contaba mientras bebía y fumaba que había celebrado autenticas ceremonias en aquel lugar, ofreciendo fetos de llama y otras cosas que no quiso mentar. La sangre y el alcohol eran la tónica de dichos ritos y en ocasiones habían durado días.

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Foto 3: Realizando la ofrenda al Tío. Miguel nos explica algunos de los rituales en los que ha participado.

La galería apenas se iluminaba con nuestras linternas, caminábamos entre rocas y maderos, en profundos túneles donde no podía divisarse ninguna de las dos paredes. Entre agua encharcada donde se hundían las botas y emergía un sonido ampliado por los pétreos pasadizos. Miguel se movía con destreza y contrastaba enormemente con la torpeza del grupo. La escasa altura de los túneles te obligaba a estar siempre encorvado o en cuclillas. Agradecimos los cascos.

Conforme avanzábamos hacia lo profundo, crecía en mi la sensación de que no sabia que estaba haciendo allí, y sin embargo, estaba eufórico, pues me encontraba cumpliendo con un sueño que tenia desde hacia mucho tiempo, a lo que se le unía, el temor al peligro que suponía adentrarse en ese ambiente tosco y oscuro.

Y de pronto del suelo apareció un pequeño agujero, un hueco oscuro que no atisbaba nada bueno. Miguel se paró e hizo un gesto con la mano para que nos acercáramos.

– Ahora viene un tramo de unos 40 metros y 50 cm de diámetro. Hay que ir arrastrándose y no es posible retroceder. No os paréis en ningún momento.

Una chica del grupo tras asomarse por el hueco decidió no entrar y entonces entendí el papel del chico que nos había acompañado durante todo este tiempo sin abrir la boca, su trabajo era regresar con las personas que en el último momento se echaban para atrás.

Miguel preguntó que si alguno más no quería adentrarse, era ahora o nunca. Ya que el chico se marchaba. Observé el oscuro agujero y admito que dudé. El boliviano que venia con nosotros me miró y susurró mientras sonreía: No pasa nada, vamos todos juntos.

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Foto 4: El agujero por donde debíamos descender y arrastrarnos para llegar a otra galería.

Y ahí estaba finalmente. La polvareda no me dejaba ver, ya había recorrido 20 o 30 metros arrastrándome por el túnel. Mis compañeros habían dejado una densa estela de polvo. La luz de la linterna apenas iluminaba a un metro de distancia y la oscuridad hacia acto de presencia cada vez que bajaba la cabeza. El suelo lo tenía a un palmo de la cara, casi podía besarlo. Me paré solo un instante, el necesario para cubrirme la nariz con el pañuelo que nos habían dado, e intentar infructuosamente quitarme las gotas de sudor que caían por debajo del casco. Delante mío se apagaban los ruidos de mis compañeros. Miré a mi alrededor, estaba en un túnel de escasos 50 cm que en algunos tramos se hacia más angosto. Oscuros pensamientos empezaron a aparecer y de repente, recordé las palabras del guía: No os paréis en ningún momento. Inicie la marcha con el único objetivo de salir de ese agujero.

A la salida del túnel me esperaba Miguel, el resto de los compañeros descansaba en una cavidad al fondo. Me saludo y me advirtió que tuviera cuidado, que íbamos a descender por una chimenea de 15 metros de altura. Nos íbamos a otro nivel de la mina. Desde arriba se veía el suelo de nuestro siguiente destino, y aunque la chimenea tenia muchos lugares donde agarrarse, un descuido podía suponer una caída fatal.

Hacia calor y la humedad campaba a sus anchas. El aire de la chimenea era pegajoso y junto con el reinante polvo que levantábamos, pronto nuestras caras quedaron tiznadas de una fina capa de pringue arenoso.

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Foto 5: Descenso por la Chimenea.

El nivel inferior nos recibió con una gran sala, y supuso un respiro para los franceses, que rápidamente buscaron un lugar para sentarse. El resto nos alegramos de poder ponernos completamente de pie. La alegría duró poco, pues pronto volvimos a arrastrarnos nuevamente por una estrecha galería, si bien en esta ocasión no llegó a los 10 metros de longitud. A la angosta galería, le siguió un largo pasadizo que descendía prácticamente en vertical. El olor era extraño y la garganta se resentía. Instintivamente me mojé el pañuelo y me cubrí la nariz.

Mientras caminábamos sin saber muy bien donde estábamos, nos introdujimos en un túnel del que emergían otros por su lado izquierdo. En algunos cruces, caminábamos sobre tablas, desde donde se divisaban niveles inferiores entre sus huecos. Nuestro guía caminaba con gran pericia y finalmente acabamos en una pequeña cavidad con forma de anfiteatro. Nos sentamos en circulo. Miguel abrió una cerveza y nos ofreció. Sacó los tubos envueltos en papel, la mecha y un cuchillo. Pronto empezó a preparar la dinamita al son de las historias que nos contaba sobre su pasado como minero, cómo cuando se quedó encerrado una semana por el derrumbe de una galería. Siempre acababa diciendo que lo que ocurre en la mina, se queda en la mina.

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Foto 6: Preparando la dinamita.

Y de repente encendió la mecha. Nos miramos sin movernos, estábamos parados en medio de una oscura cavidad con varios tubos de dinamita con la mecha prendida. Miguel se levantó y simplemente susurro: Nos vamos.

Desde una pequeña cámara oímos los estruendos de la dinamita explotar en las entrañas de la mina… Sonreímos aliviados.

Solo el pasado año murieron 73 personas en el interior de las minas de Cerro Rico.

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