Hay lugares a los que llegas con expectativas muy altas. Y luego están esos destinos de los que apenas sabes un par de cosas y terminan convirtiéndose en una de las sorpresas del viaje. Ontinyent fue exactamente eso último.

Situada en el interior de la provincia de Valencia, lejos de las playas y de las rutas más masificadas, esta ciudad tiene algo que engancha desde el primer paseo. Quizá sea su mezcla de patrimonio, tradición industrial, gastronomía o la forma en que las calles del casco histórico parecen contarte historias a cada paso. Lo cierto es que llegamos sin muchas expectativas para asistir al 9º Congreso de Blogueros Viajeros de la Comunitat Valenciana y nos fuimos con la sensación de haber descubierto uno de esos rincones que todavía conservan autenticidad.

Perderse por el casco antiguo es la mejor manera de empezar

El sábado por la mañana, tras desayunar y recoger las acreditaciones, nos dejamos llevar de la mano de una guía y empezamos por uno de los lugares que más nos llamó la atención, el Palau de la Vila. Imponente, elegante y cargado de historia, es uno de esos edificios que te hacen imaginar cómo sería la vida en la ciudad hace varios siglos. Mientras observábamos sus detalles arquitectónicos, pensé en la cantidad de generaciones que habrán pasado por sus salas y corredores.

En el interior del Palau también se conservan los emblemáticos Gegants i Cabets de Ontinyent, unas figuras que forman parte de la memoria colectiva de la ciudad. Verlos de cerca permite apreciar los detalles de unos personajes que, generación tras generación, han acompañado las fiestas y celebraciones locales. Más allá de su valor folclórico, representan la estrecha relación entre historia, tradición y cultura popular que sigue definiendo la identidad de Ontinyent. Aunque no tengas la suerte de coincidir con alguna de sus salidas por las calles, conocer su historia es una excelente manera de acercarse al alma de la ciudad.

Tras la visita del Palau recorrimos calles estrechas y empinadas del barrio medieval que obligan a bajar el ritmo. Aquí no tiene sentido correr. Hay escaleras que aparecen entre casas centenarias, pequeñas plazas escondidas y fachadas que muestran el paso de los siglos sin necesidad de grandes restauraciones.

Si hubo una visita que nos sorprendió especialmente fue la de los refugios de la Guerra Civil. Descender bajo tierra cambia completamente la perspectiva. Las explicaciones ayudan a entender cómo la población convivía con la incertidumbre de los bombardeos y cómo estos espacios llegaron a convertirse en parte de la vida cotidiana. Son visitas que no buscan impresionar, sino recordar. Por suerte en Ontinyent no hubieron finalmente bombardeos.

El pasado textil que construyó una ciudad

Si hay algo que define a Ontinyent es su relación con la industria textil.

La ciudad creció durante décadas alrededor de fábricas, talleres y empresas vinculadas al sector, una herencia que sigue muy presente hoy en día. Como no podía ser menos, la visita guiada nos llevó a visitar el Museu del Tèxtil de la Comunitat Valenciana, ubicado en la ciudad.

Lo que más nos gustó fue que no se limita a mostrar máquinas antiguas o piezas históricas. La visita permite entender cómo una industria llegó a transformar por completo la economía, la sociedad y el paisaje urbano de una comarca entera.

Entre telares, muestras de tejidos y fotografías históricas, acabamos descubriendo una parte de la historia valenciana que desconocía por completo. Salí con la sensación de comprender mucho mejor por qué Ontinyent es como es hoy.

Comer en Ontinyent

Después de una mañana recorriendo calles empedradas y visitando museos, llega uno de los mejores momentos de cualquier viaje: sentarse a la mesa.

La gastronomía de Ontinyent refleja perfectamente el carácter del interior valenciano. Es una cocina ligada al territorio, a los productos locales y a recetas que han pasado de generación en generación.

Entre los platos más representativos destacan los arroces tradicionales, las elaboraciones de cuchara y las cocas con embutidos artesanales.

También merece la pena probar los embutidos artesanales de la zona y dejar un hueco para los dulces tradicionales. No dejes pasar la oportunidad de comprar en una carnicería local.

Es una gastronomía sin artificios. No intenta impresionar con técnicas modernas ni presentaciones imposibles. Simplemente funciona porque lleva generaciones haciéndolo.

Nosotros comimos una degustación elaborada por catering eden con varios platos típicos de Ontinyent . También disfrutamos de un buen esmorzaret en el precioso Hotel Kazar (recomendamos acercarse a verlo) y una excelente comida en Zoco. Por cierto, en una de las comidas tuvimos la suerte de escuchar a la Colla de Dolçainers i Tabaleters la Socarra de Xàtiva (el pueblo de mi abuela)

Más allá de la ciudad: naturaleza y escapadas muy cerca

Una de las ventajas de Ontinyent es que el viaje no termina en el casco urbano.

A pocos minutos aparecen algunas de las rutas más atractivas del interior valenciano. La más conocida es, probablemente, la del Pou Clar. Las aguas transparentes y las pozas excavadas en la roca crean un paisaje que parece más propio de una postal de montaña que del Mediterráneo.

Caminar junto al río permite descubrir rincones tranquilos, especialmente fuera de la temporada alta. El sonido del agua y la vegetación hacen que cueste creer que el centro de la ciudad se encuentra tan cerca.

Otra opción muy recomendable es explorar los senderos del parque natural de la Serra de Mariola. Los caminos atraviesan bosques mediterráneos, antiguas masías y zonas desde las que se obtienen vistas espectaculares de toda la comarca.

Para quienes disfrutan combinando patrimonio y naturaleza, también merece la pena acercarse a algunos de los pueblos cercanos de la Vall d’Albaida. Cada uno conserva su propia personalidad, pero todos comparten esa sensación de autenticidad que cada vez resulta más difícil encontrar en destinos excesivamente turísticos.

Una sorpresa que merece más atención

Cuando pensamos en Ontinyent, no recordamos un monumento concreto ni una fotografía espectacular. Recordamos la sensación de estar descubriendo un lugar real, una ciudad que sigue viviendo a su ritmo mientras conserva su historia, sus tradiciones y su carácter.

Quizá por eso nos gustó tanto.

Porque no intenta convertirse en algo que no es.

Porque sus calles cuentan historias, sus museos ayudan a entenderlas y su gastronomía invita a quedarse un poco más.

Y porque, a veces, los mejores viajes son precisamente aquellos de los que no esperabas demasiado.

Subida al Acatenango

Foto nº1: Paseando por el barrio de la Vila, el corazón histórico de Ontinyent y uno de los rincones con más encanto de la ciudad.

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