Subir el Acatenango empezó como empiezan muchas cosas en los viajes: casi sin pensar demasiado. Una mochila, algo de agua, la promesa de un amanecer inolvidable. Desde Antigua, el volcán parecía una silueta lejana, casi inofensiva, como si no fuera a exigir demasiado.

Pero pronto dejó de ser una postal.

El sendero adquirió desde el principio un gran desnivel, sin rodeos. La tierra suelta, el aire cada vez más fino, el cuerpo buscando excusas para parar. Subíamos en silencio, concentrados en el siguiente paso, en el ritmo irregular de la respiración. A ratos uno pensaba que todo era cuestión de cabeza: aguantar, insistir, no rendirse. Ese discurso tan repetido, tan aprendido.

Si quieres, puedes”.

Y sin embargo, la montaña no entiende de frases hechas.

Subíamos inclinados hacia delante, mirando el suelo, como si el mundo se hubiera reducido a encontrar el siguiente apoyo. A veces alguien preguntaba cuánto faltaba. El guía siempre respondía lo mismo:

—Ya queda poco.

La montaña tenía otro sentido del tiempo.

Pronto dejamos de hablar, o al menos yo dejé de escuchar. Cada uno negociaba consigo mismo en silencio. Había momentos en los que solo existían las botas del que iba delante y el sonido áspero de la respiración entrando y saliendo a golpes.

Llegamos al campamento entre niebla y frío, sin vistas, sin momento épico. Solo cansancio y una fuerte lluvia. Nos resguardamos entre cuatro palos y un plástico como techo. Éramos como un rebaño de ovejas. Apenas unos cuantos pudieron sentarse; el resto nos acumulábamos de pie, con la ropa húmeda y el olor agrio del humo que desprendía la improvisada hoguera. Al caer la noche, como si alguien hubiera descorrido un telón invisible, el cielo se abrió y el volcán de Fuego comenzó a rugir. Cada erupción iluminaba la oscuridad durante un instante. Era hermoso y violento a la vez. Allí, frente a ese espectáculo, el esfuerzo encontraba su recompensa, casi como una confirmación de que había valido la pena.

Dormimos poco, aunque yo creo que no pegamos ojo. A las cuatro y media de la mañana alguien golpeó la cabaña y volvimos a salir, esta vez solo íbamos 4 personas hacia la cima. Sin desayuno, sin apenas agua, con el cuerpo todavía a medio gas. El último tramo fue el más duro: una pendiente directa, sin tregua, donde cada paso parecía retroceder medio. Nadie hablaba ya. Solo se escuchaba el crujido de las  botas al pisar el suelo. Las piedras volcánicas se colaban dentro de las botas, pero parar significaba enfriarse y volver el cuerpo todavía más pesado.

Pero al llegar arriba, todo se detuvo.

El amanecer no fue solo un amanecer.

Fue un mar de nubes extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, los volcanes emergiendo como islas, la luz abriéndose paso lentamente. Durante unos minutos no hubo palabras. Solo esa sensación extraña de plenitud que a veces regalan los lugares altos.

Y fue allí, mientras recuperábamos el aliento, cuando la metáfora empezó a resquebrajarse.

Porque subir el Acatenango se parecía mucho a la vida, sí. El esfuerzo, la constancia, la recompensa al final. Pero había algo que no encajaba del todo.

Nosotros habíamos elegido estar allí.

Elegimos el cansancio, el frío, la incomodidad. Elegimos el reto.

Y al bajar, al cruzarnos con quienes viven a los pies de la montaña o en pequeñas chozas dispersas por la ladera, la idea se hizo más clara. Aun recuerdo al grupo de niños, ninguno tendría mas de 10 años, subiendo la ladera con las mochilas de la escuela. Hay quienes también suben cada día, pero no hacia una cima con vistas, sino hacia algo mucho más básico: llegar, simplemente, al final de la jornada. Sin épica. Sin elección.

Guatemala tiene esa forma de enseñarte las cosas sin decirlas. En una conversación, en un mercado, en una mirada. Te recuerda que no todos parten del mismo lugar, que no todos tienen la opción de elegir sus propias montañas.

Entonces el viejo lema —“querer es poder”— pierde fuerza. No desaparece, pero se vuelve más pequeño, más relativo. Porque querer no siempre basta cuando el terreno está en contra desde el principio. Porque hay vidas donde el esfuerzo no abre caminos, solo evita que se cierren del todo.

Bajamos del Acatenango con las piernas cansadas y con alguna pregunta. Quizá viajar consista precisamente en eso. No en acumular paisajes, sino en regresar con preguntas nuevas.

¿Hasta dónde llega la voluntad? ¿Y cuánto pesa el lugar desde el que se empieza el camino de la vida?

No encontramos una respuesta clara en el descenso. Quizá no la haya. Pero el viaje, como tantas veces, dejó algo mejor que una conclusión: una duda incómoda, persistente, de esas que obligan a mirar el mundo —y a uno mismo— con un poco más de honestidad y humildad.

El volcán siguió allí, indiferente a nosotros y nuestros pensamientos.

Subida al Acatenango

Foto nº1: Subida al Acatenango de madrugada.

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