Recuerdo cuando viajar era simplemente una ruptura en nuestra rutina diaria. Uno salía de casa sin más plan que dejarse llevar, con una guía subrayada y una libreta donde apuntar anécdotas o garabatos. Viajar era, en cierto modo, perder el control de todo lo que nos rodeaba.
Hoy, sin embargo, el viaje se parece sospechosamente a un proyecto.
La profesionalización del ocio que estamos sufriendo en la actualidad ha encontrado en los viajes su territorio perfecto. Lo que antes era descanso ahora es itinerario optimizado. Lo que antes era sorpresa ahora es “imprescindible”. Lo que antes era perderse ahora es “aprovechar el tiempo”. Y así, casi sin darnos cuenta, hemos convertido el viaje —ese último refugio de libertad— en otra tarea bien ejecutada.
Hoy en día, se reserva con meses de antelación, se comparan reseñas, se diseñan rutas casi al minuto. Son muchas las personas que llegan a destino con más información que un historiador local y con una necesidad casi irresistible de demostrarla al guía… o a cualquiera que haya tenido la mala suerte de coincidir cerca. Aún recuerdo a aquella persona que, sin venir a cuento, decidió regalarnos una masterclass completa sobre todo lo necesario para sacarse el Open Water. Nadie lo había preguntado, nadie lo necesitaba… pero ahí quedó la lección para la posteridad.
Hoy en día, se sabe qué foto queremos antes incluso de haber visto el lugar y de hecho se visita un lugar solo por la foto.
Antes se viajaba y luego, si acaso, se contaba. Ahora se viaja para contar. Para documentar. Para producir contenido. El paisaje ya no es solo paisaje: es escenario. La comida ya no es solo comida: es fotografía de diseño. El atardecer ya no es solo atardecer: es publicación programada.
Incluso quien no se dedica profesionalmente a ello siente, de forma sutil, la presión de rentabilizar el viaje en recuerdos visibles.
Y ahí aparece la paradoja: viajamos para desconectar… pero rara vez desconectamos.
Quizá el verdadero acto revolucionario hoy no sea recorrer medio mundo, sino sentarse sin prisa en una plaza cualquiera. Cancelar una reserva. Perder un tren. Caminar sin mapa por una calle secundaria de Venecia y no subir nada a ninguna red social.
Quizá viajar vuelva a sorprender cuando dejemos de exigirle rendimiento.
Porque el viaje, como el ocio, como la vida… solo es verdadero cuando no tiene que demostrar nada.
Foto nº1: Relajarse en un sitio bonito, sin cursos acelerados de Open Water de fondo.

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